El “cómo” importa.


Hace un par de semanas, cuando la arriesgada e interesante idea de crear un blog con un grupo de amigos resonó entre nosotros, decidí iniciar a escribir un par de entradas para el blog sólo guiándome por la voracidad de mi lectura y mi poca cultivada redacción. La idea de este proyecto me gustaba… ¡Y mucho! Incluso ya era una meta para el año. Estaba esperando desde hace tiempo una oportunidad similar que alimentara mis ganas de multiplicar mis ideas y por supuesto compartirlas.

La primera entrada, no la sentí tan fuerte… Estaba seguro que era falta de práctica, pero el tiempo pasaba y debía entregar mis entradas. Aunque estaba seguro que me iba a mantener firme a participar en el proyecto, sabía que debía encontrar una forma en que mis ideas fluyeran, de que mis temas se ampliaran y que no sólo quedaran en uno o dos párrafos; además quería identificarme con ellas. En esta búsqueda de repuestas logré analizar un poco más y ésto fue lo que descubrí.

Durante las extendidas pláticas con diferentes grupos de amigos (muy diferente por cierto) siempre tenía comentarios auténticos para cada una de ellas y en la mayoría dichos comentarios iban bien soportados, entonces ¿POR QUÉ NO LOS PODÍA ESCRIBIR? ¿POR QUÉ ME IBA MEJOR EMITIENDO UNA CRÍTICA VERBAL QUE ESCRITA?

No me llevó mucho tiempo darme cuenta, aquí les resumo:

Intenté escribir a primera hora del día, en el trabajo, en la noche depués de una excitante jornada laboral, después de correr, en un café (que aunque actualmente frecuento menos, pero que mis épocas de ocio nunca me fallaba para generar ideas), los fines de semanas, viendo películas, durante el almuerzo, etc., y nada estaba mejorando… O, al menos, eso sentía. Pensé que estaba siendo muy exigente y que por ello mi trabajo estaba careciendo de conexión.

Y se prendió el bombillo.

Algo que he sabido desde hace mucho no lo estaba aplicando. ¡No estudié el proceso!  Cuando queremos resultados diferentes tenemos que ¡Dejar de hacer las mismas cosas! Claro, durante mis años de estudio superior pasamos centenares de horas estudiando y “diseñando” procesos para obtener un resultado previamente establecido. Siendo sincero, no sólo lo estudié, también lo hago en mi día a día.

El Problema no están en el tiempo, ni en la ganas…

Yo era bueno hablando y me sentía muy cómodo hablando en un grupo, escuchando mis propias ideas, sintiendo que ellas fluían; éso es lo que estaba faltando. No me escuchaba, no hablaba.  Comencé a grabarme, a platicar conmigo mismo antes de escribir, y todo se iba construyendo. El problema no estaba en el tiempo, ni en las ganás sino en cómo lo estaba haciendo. El  proceso de redacción frente a una máquina no aplicaba para mí, las ideas se congelaban, no representaban nada y al poco tiempo de iniciar a escribir los párrafos perdían su fuerza, su personalidad y su poder de convencimiento. En cambio yo debía caminar, comentar mis ideas en alto, simular que estaba en una plática, que estaba en uno de los círculos de amigos que frecuento, en la oficina hablando, y que incluso me debía justificar frente algún comentario o pregunta de ellos.

Igual nos pasa en el día a día. Queremos resultados diferentes en muchos aspectos de nuestra vida. Somos fuertes, incluso tercos y volvemos a intentarlo (haciendo lo mismo con los mismos recursos) y nos sentimos frustrados, con dudas de nuestro interés y con mucho más dudas de nuestra capacidad. Muchas veces no está en el interés, ni la capacidad, sino en cómo lo hacemos. Y ésto se lo dedico a todos mis colegas que han sido testigo de que estudiando “el cómo” hemos logrado obtener resultados sorprendentes… ¡El proceso importa y mucho!
 
¿Cómo saber cuál proceso es el correcto? Eso vendrá en otra entrada. Ahora sólo los invito a estudiar lo que hacemos a diario esperando resultados diferentes.

Un comentario en “El “cómo” importa.

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